For Yevtushenko

Yevgeny Yevtushenko passed away this morning, in Tulsa, where I had the enormous privilege of being his student. A favorite of his poems, translated here by Robin Milner-Gulland and Peter Levi:

 

No people are uninteresting.

Their fate is like the chronicle of planets.

 

Nothing in them is not particular,

and planet is dissimilar from planet.

 

And if a man lived in obscurity

making his friends in that obscurity

obscurity is not uninteresting.

 

To each his world is private,

and in that world one excellent minute.

 

And in that world one tragic minute.

These are private.

 

In any man who dies there dies with him

his first snow and kiss and fight.

It goes with him.

 

There are left books and bridges

and painted canvas and machinery.

Whose fate is to survive.

 

But what has gone is also not nothing:

by the rule of the game something has gone.

Not people die but worlds die in them.

 

Whom we knew as faulty, the earth’s creatures

Of whom, essentially, what did we know?

 

Brother of a brother? Friend of friends?

Lover of lover?

 

We who knew our fathers

in everything, in nothing.

 

They perish. They cannot be brought back.

The secret worlds are not regenerated.

 

And every time again and again

I make my lament against destruction.

Mana Pena

Me escondo detrás de una palmera. Tengo puesta una maya entera amarilla con volados. Tengo el pelo atado con dos colitas y un flequillo. El pelo lacio y rubio no teñido. Natural. En la foto parece que mi cuerpo se balancea de izquierda a derecha. Lo confirma mi pelo que está en el airey vuela en esa dirección. Sonrío. Es 1994. Es la primera vez que viajamos a Hawaii. Mi papa está vivo. Es una de las últimas veces que recuerdo haber posado para la cámara de mi mama. Siempre tenía una en la mano. Sacaba fotos casi sin mirar. Y quizás mi pasión por la fotografía también fue aprendida. Quizás no soy rebelde ni original. En la arena aparece la sombra de mi mama. Una cabeza negra. A veces pienso que las fotos de mi mama son como esas que se encuentran una vez que el artista muere. Como las de la niñera que se encontraron en un tacho de basura en Estados Unidos. Me acuerdo ese día por la vergüenza que tuve de posar. Igual lo hice y eso aumenta mi vergüenza ahora que las miro. Porqué no le dije que no como hago ahora? Que no me joda, que no voy a sonreír, que no me voy a mover del lugar donde estoy. Basta de fotos mama. Ay gorda pero estás hermosa. Vos no hagas nada yo te saco así. Con ese pelo rubio. Pareces una modelo. Camina para allá. A ver parate detrás de la palmera. Mirame. Vení. Tirame arena con el pie. Ni ella era fotógrafa ni yo era modelo pero nos divertimos. O eso parece. Y un poco me gusta haberlo hecho porque ya nunca mas lo voy a hacer. Estoy segura. Porque lamentablemente tengo un gusto estético que creo tengo que cuidar y muchos prejuicios que ya no me lo permiten. No podría posar. Menos para mama. Quizás desnuda. Para un hombre. Como hice alguna vez para Diego.  Tres fotos en bombacha y musculosa en una habitación oscura de una casa colonial que alquilaron los papas de Pablo en Salta. Una serie de autorretratos en blanco y negro donde Diego me agarra del culo. Dos fotos con las tetas acabadas en una cama doble en un pueblo hippie de Córdoba. El negro seguro durmiendo en el piso de cemento. Roncando. Con olor a humedad por todas las veces que se tiró al río y no lo secamos. Garchamos a su lado como con si fuera un bebe que todavía no sabe identificar. El semen casi ni se ve y yo parezco muerta. Las fotos que me saqué con Diego no eran como con mi mamá. Diego tenía un gusto estético que yo aprobaba. Diferente. Un poco mas freak que yo. Mas David Lynch. Yo me contagié de su oscuridad. Cada tanto me copiaba y después no sabíamos quien había sacado esa foto. Podría ser de los dos me decía. Siempre competimos un poquito pero no tanto como para mejorar. Ahora extraño posar para mi mamá. Ella me sigue sacando fotos cuando cree que estoy linda. Y me lo dice sorprendida como si fuera un halago. Ahora me fotografía con su celular y me da lástima saber que esas fotos no van a llegar a ningún lado. A algún whatsapp, nada mas. Igual no poso. Pongo cara de culo y miro para atrás. O me tapo con la mano.

 

En el 2000 volvimos a Hawaii. Papá estaba muerto y yo de novia con Diego. Mi hermano más grande no vino. Estaba en España. Era tonto decirle Martin volvé. Nos vamos a Hawaii. Nos vamos a curar. Martín fue el que mas recibió el machismo de papá. Eso es una pelotudez. Vayan a Hawaii sí. Pero nada mas. Mama le escribió una carta. Quizás sintió algo de culpa por la familia disfuncional. Nunca mas fuimos cinco pero tampoco logramos seguir siendo cuatro. Algo pasó que Martín quedó afuera. Algo de Hawaii y eso que no se puede curar. Igual nos queremos. Igual cenamos una vez por semana en lo de mama. Pero Martín no se acuerda de Hawaii. Y de 1994 no hablamos porque falta papá. Es verdad que cuando llegas a Hawaii en el aeropuerto te ponen un collar de flores en el cuello al ritmo del hula hula. Pasó las dos veces que fuimos. Paso con papá. Pero en el 2000 también me dieron un collar de flores en la playa. Un señor que tejió esas flores durante horas. Sentado sobre una roca. Con canas y algo de peso de más. Estaba solo y callado. Cuando terminó me eligió. No me dijo nada. En ese momento no lo supe valorar. Me pareció simpatico. Me sentí especial. No hice nada tampoco. Y las flores se pudrieron como en todo duelo. Las mantuvimos en la heladera un tiempo para que duren mas. No se nos ocurrió llevar las cenizas de papa a Hawaii. Ninguno lo vio como una señal. No era el lugar de papá. Aunque tampoco es Jardín de Paz pero no me acuerdo en el 94 si Hawaii fue especial. Fue un viaje mas de los que hacíamos con papa. Cada año en la feria judicial. Sí, mi papá era abogado. Sí, tenía un mes de vacaciones. No se levantaba temprano. Trabajaba para una multinacional. Cada vez que pasamos por su oficina en la 9 de Julio mama señala el bar de la esquina y dice ahí estaba siempre. Ahí lo podías encontrar. Nos reímos. Yo me acuerdo de la oficina no del bar. Ahora parece todo tan viejo que no entiendo como es que no lo tiraron abajo. Que hace ese edificio todavía en pie? Hay lugares que son de otra vida. Pero Hawaii es Hawaii. Cuando fuimos en el 2000 vino Diego. Una semana antes de empezar la facultad. Viajó 30 horas y mama me dejó ir a buscarlo sola. Nos dimos un beso torpe. No reconocí su olor. Pero la calentura apareció de sopetón. En el taxi que era yanqui. Hablaba otro idioma y quizás por eso nos empezamos a tocar. Cada vez mas fuerte. Me metió la mano adentro de la bombacha. Creo que un poquito gemí. Le avisé que no sabía a que hora volvía mi mamá y mi hermano de la playa. Que compartía la cama doble con mamá. Que Manuel dormía en el sillón cama al lado de la cocina y que seguro él iba a dormir ahí también. Manuel estaba muy contento porque Diego era su amigo. Porque escuchaban la misma música y fumaban la misma marihuana. Diego estaba logrando que yo vuelva a estar cerca de Manuel. Y por primera vez nos poníamos en pedo juntos y jugábamos al T.E.G. como cuando éramos chicos. Como con papá. Diego me besaba y no le importaba nada. Pagó el taxi con los dólares de su Viejo y subimos al ascensor. En el departamento estábamos solos. Nos desnudamos sin pensar. Me la quiso meter y yo le dije que se pusiera forro. No tengo. Como que no tenés. Me olvidé. Me estas jodiendo. No. Después compro. Le dije andá ya. Pero va a llegar tu mamá Mana. Por eso. Un poquito. No. No me acuerdo en que momento dejamos de usar forro. Supongo que cuando empecé a tomar anticonceptivos. Porque no querer tener un hijo era la única razón para no cuidarme. Nunca tuvimos que charlar eso de si estás con otros o no. Cuando te la jugás. Si estás en tinder y lo tenés que dejar. Nosotros chateábamos por icq durante horas. Y estoy segura de que él sólo chateaba conmigo. Y yo sólo chateaba con él.

Nasia Anam

In Hanover Park, Illinois, during the summer of 1984. My sister smiling, climbing on my father’s back, looking straight ahead with the near triumph of the endeavor. My father crouching, bearing the weight of his child who is in the last stages of girlhood, proud of his strength and the family he has carried. My mother out of the frame, watching us, maybe behind the camera, maybe inside applying a final swipe of lipstick. And me, small, thrilled, and marveling. Wondering if I could ever dare to climb like that. Wondering if I could ever be so sure no one would let me fall. This is how we were then; this is how we are now; this is how we will always be.

Nora Insúa

Los mejores recuerdos de mi niñez fueron los largos meses de vacaciones que pasaba con mis padres, mis tios y mis tres primas en nuestra casa de veraneo cerca del mar.

  Norita, Susana, Graciela y Alicia (clockwise from top left), 1953.

 

Norita, Susana, Graciela y Alicia (clockwise from top left), 1953.

En aquella ciudad de veraneo todas las casas tienen nombre, la nuestra se llamaba “La Santa María”, por ser vecina de otras casas llamadas “La Pinta” y “La Niña”, recordando a las tres embarcaciones de Cristobal Colón. Por ese motivo, sobre la chimenea del living de casa teníamos una maqueta de madera imitando la embarcación del descubridor de América. 

Recuerdo las caminatas por la orilla del mar y los juegos de arena en la playa. Era nuestro programa de todas las mañanas.

Al mediodía volvíamos a casa y a la hora de la siesta, cuando nuestros padres dormían, nosotras las cuatro niñas nos divertíamos ensayando los espectáculos de teatro, circo, y funciones de magia, que daríamos al final de la temporada, invitando amigos y espectadores curiosos y ávidos de diversion. 

Nuestro “Gran Circo” repetía sus funciones todos los años con mucho éxito y aplausos. 

Este espectáculo nos dió grandes satisfacciones, ya que parte de las vacaciones las ocupábamos en los divertidos ensayos, en elegir la ropa, preparar el escenario, vender las localidades entre primos, vecinos, amigos y por supuesto a nuestros padres.

La Fiesta de Carnaval era respetada por nuestra familia y amigos, y todos los años nuestras madres confeccionaban o compraban hermosos disfraces.

Pienso que esas largas vacaciones nos dejaron a las cuatro primas el recuerdo de una época feliz de mucha fantasia e ilusiones.

"Could Have" (A Post for Paris)


It could have happened.

It had to happen.

It happened earlier. Later.

Nearer. Farther off.

It happened, but not to you.

You were saved because you were the first.

You were saved because you were the last.

Alone. With others.

On the right. The left.

Because it was raining. Because of the shade.

Because the day was sunny.

You were in luck—there was a forest.

You were in luck—there were no trees.

You were in luck—a rake, a hook, a beam, a brake,

A jamb, a turn, a quarter-inch, an instant…

So you're here? Still dizzy from

another dodge, close shave, reprieve?

One hole in the net and you slipped through?

I couldn't be more shocked or

speechless.

Listen,

how your heart pounds inside me.

Wisława Szymborska

Translated by Stanisław Barańczak and Clare Cavanagh


Eitán Futuro

Una imagen que no viví, que me precede y engendra y es a la vez nueva. Apareció en una caja de mi última mudanza, papá y mamá más jóvenes de lo que soy ahora, en su casamiento. No quiero hacer un análisis de la foto, derivar estados vivos ni desprender historias, es una foto. Me interesa más el relato de mi vieja, la loca, irracional, inocente, en el esquema de la familia quebrada hace más de quince años, que viene a redimirla de algún modo, algo que estoy tratando de hacer desde mis doce. Ella cuenta.

Mi viejo era celoso, muy. En la antesala de la ceremonia, a madre, vestida ya de novia, le llegó, firmado por un amigo, un ramo de flores más grande del que le había regalado mi viejo, que canceló el casamiento, se subió al auto y desapareció. Estamos a fines de los setentas. Madre con sus cuatro hermanos, la única mujer, la más chica, una nena de veintiún años con el mareo de un día que se suponía iba a marcar un cambio irreversible en su vida, el comienzo de una nueva, de varias, la confirmación de un vaticinio en la estrella de su nacimiento, la culminación de un plan evolutivo, siendo peinada con un tocado de flores en los prolegómenos, sin saber si, respondiendo a la inercia para frenar la posibilidad ridícula de que en un segundo y con una excusa tan mala se interrumpiera el proceso tan caro del matrimonio.

Acá estoy, ellos se casaron, tuvieron a Ioni en Jerusalén, a mí en Buenos Aires, lo cuatro dimos lo lo mejor de nosotros durante un tiempo admirable y después nos separamos. Es decir.

Padre volvió ese sábado de su paseo en auto pero mantuvo el orgullo durante toda la ceremonia: no le dirigió la palabra a mi vieja, hermosa, con el pelo recogido y los pómulos en flor, con los ojos fuertes y una voluntad llena, explotando, que se explica en un lenguaje que todavía estoy tratando de aprender.

Eitán Futuro

Lisa Ubelaker Andrade

In the photo I am playing with my grandfather in his sculpture studio in Ecuador—I remember this place as a magical world of quiet imagination—the floor beneath us was made up of wooden blocks that could be removed and turned into towers, to my right was a suitcase filled with old toys, and surrounding us were my grandfather’s sculptures dangling from above—toys of their own kind, with bright colors, shapes, that could be instantly understood by a child. I spent many hours in Ecuador bored, surrounded by adults who seemed to be talking endlessly in a language I only barely understood. My grandfather, during those moments, would tell me to go drink a glass of water—he insisted that drinking water, if one really concentrated on what one was doing, cured boredom. Upstairs, where the adults gathered for lunch, it was clear that adulthood was a terribly boring thing. Then, later, in the space of his studio, it would suddenly seem that growing old did not mean losing magic. It would seem instead, like my grandfather had told me, that boredom was a choice.

Lisa Ubelaker Andrade

Mariana Barreto

No me acuerdo mucho o nada de muchas de las fotos de este archivo, el “archivo principal”, que mi mamá hizo hace unos meses. No es difícil reconstruir muchas de ellas, como esta: casa de Rosario; cumpleaños de Sebastián sin duda; puros niños ninguna niña o casi, seguro. Vuelvo a las fotos y podría pensar en las historias posibles pero —y con esta foto sobre todo— ahora no puedo dejar de pensar en dos cosas: los zapatos ortopédicos y el cerquillo. Los zapatos siempre azules o rojos, siempre sujetando los tobillos. El cerquillo, por lo general, ahí, más corto, más largo, mal cortado, muy prolijo, hacia el costado. Y de eso que más recuerdo —un recuerdo casi corporal— es  que los dos, zapatos y cerquillo, despertaban en mi un amor visceral o un odio enardecido que siempre desataban llantos largos y profundos, que serían solo un anuncio de los que vendrían luego.

Mariana Barreto

Nathan Jeffers

"A picture of me from my Switzerland holiday, the land of the cable car- I had a look through old family albums and found it- standing in front of a scenery I didn't appreciate, wishing indolently I was at home."  

"A picture of me from my Switzerland holiday, the land of the cable car- I had a look through old family albums and found it- standing in front of a scenery I didn't appreciate, wishing indolently I was at home."

 

As I read I was strongly reminded of moments from my own childhood. For instance long car journeys where I could read and sit in silence. I always wished that the inevitable moment of fracture, of the door opening, of arrival, would be delayed. That sigh as you reach for the door handle and haul your body out. Sometimes accompanied by a stubborn leaning against the side of the car. Another example hit me when you described escaping from the car under the ice; on holiday in Europe one year we would get a cable car nearly every day and there would always be jokes made about Swiss engineering, that apparently trusted concept, and the likelihood of the wire snapping. So in a matter of fact way, I planned an escape in case we did plunge downwards which involved me breaking the biggest window, grabbing my mother's hand, and making sure that we jumped just before the car hit the floor. That way we wouldn't be hurt. 

Nathan Jeffers